"A la dulce luz del amor, reconocí o creí deber reconocer, que quizá el hombre interior sea el único que en verdad existe." Robert Walser

domingo, 23 de octubre de 2016

"La ley y el objetivo de nuestra vida"


"Uno de los recursos disponibles para ayudarnos a darle sentido a la vida, a elegir, y a proponer y aceptar criterios para nosotros, es la vivencia de voces singulares y autorizadas, que no son la propia, las cuales conforman el gran cuerpo de las obras que educan el corazón y los sentimientos y nos enseñan a estar en el mundo, que encarnan y defienden el esplendor del lenguaje (es decir, expanden el instrumento fundamental de la conciencia): a saber, literatura". 
Susan Sontag, Al mismo tiempo

En los primeros párrafos del Plan de Fomento de la Lectura vigente, elaborado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, se lee que la lectura es una “herramienta fundamental en el desarrollo de la personalidad y de la socialización de cada individuo como elemento esencial para convivir en democracia”, por lo que se anima a la “implicación de todos en la consolidación de una sociedad lectora”.

Ninguna objeción. En efecto, leer es un ejercicio que permite, en el mejor de los escenarios, que la persona que lo practica prospere, y su fomento es una labor colectiva. Ahora bien, ¿es indicado promover una sociedad lectora ignorando qué elementos van a alimentar a los individuos que formen parte de ella? ¿Se puede legitimar la forma ignorando el fondo? Plantearse tales preguntas podría resultar peliagudo, fundamentalmente por una razón: podríamos incurrir en un debate normativo en el que nos viéramos sentando cátedra sobre qué es oportuno leer y qué no, con el inevitable e indeseable sesgo que ello implica.

Sin embargo, hay un motivo aún mayor para abordar el problema: ignorarlo resulta más imprudente que enfrentarlo. Más si cabe cuando, a principios de mes, el Centro de Investigaciones Sociológicas hizo público su barómetro sobre los hábitos lectores de los españoles, con un resultado ligeramente peor que el de años anteriores: si en 2014 el porcentaje de ciudadanos que no leía nunca o casi nunca era del 35, en el presente curso es del 36%; al tiempo que los encuestados que afirman leer todos o casi todos los días ha bajado del 29’3 al 28’6%. En otras palabras, el número de lectores no alcanza al de no lectores… por más de siete puntos.   

La primera salvedad es evidente: no cabe hablar de una sociedad lectora si más de un tercio de sus integrantes no lee libros. Además, sabemos que, del 36% de personas que no leen nunca o casi nunca, prácticamente la mitad, un 42, 3%, no leen porque la lectura no les gusta o no les interesa, dato que nos lleva a la segunda salvedad: es inviable remar a favor de la lectura si no se atiende a las necesidades y anhelos de la población. Por lo que volvemos al inicio: ¿es oportuno fijar el objetivo sin labrar una senda y sin proveer a los caminantes de los útiles apropiados?

En los regímenes no democráticos, es uso de los gobernantes redactar una lista de libros proscritos; en las democracias liberales, no obstante, una de las funciones de un ministerio bien podría ser la de posicionarse frente a los imperativos del mercado y tratar, en lo posible, de calibrarlos. Existen iniciativas con participación ministerial dirigidas a los jóvenes con el fin de educarles en la lectura (véanse, por ejemplo, el Proyecto de Lectura para Centros Escolares o el Servicio de Orientación a la Lectura). Sin embargo, se entiende que, llegados a la adultez, los individuos ya han formado su criterio lector, permitiéndoles seguir su propio juicio.

La escritora estadounidense, Susan Sontag

A un lado, encontramos los libros; al otro, la literatura. El libro es un objeto con el que editoriales y establecimientos intentan ganar dinero para proseguir con su labor. La literatura, entendida de la misma forma que George Steiner presenta la poesía, es decir, un ejercicio de creación, aspira a ubicarse lejos de los voraces ritmos mercantiles, igual que los pintores, los músicos o los cineastas serios, preocupados por edificar una obra y no por generar un producto. Leamos a Susan Sontag:

“Un narrador que se adhiere a la literatura es, por necesidad, alguien que reflexiona sobre problemas morales: sobre lo justo y lo injusto, lo mejor y lo peor, lo repugnante y admirable, lo lamentable y lo que inspira alegría y beneplácito”.

Entenderá fácilmente el lector que los puntos enumerados por la pensadora estadounidense no son precisamente los motivos centrales que los autores con mejores índices de ventas han plasmado en sus escritos. Valga un ejemplo representativo de las intenciones que nos rodean, el de Ildefonso Falcones, autor de La catedral del mal (libro que vendió más de seis millones de ejemplares), quien, al ser preguntado por su nuevo libro, Los herederos de la tierra, respondió: “El objetivo es vender lo máximo”. ¿Imaginan a Shakespeare, a Miguel Ángel o a Mozart hablando en los mismos términos de una de sus creaciones? De acuerdo, no apuntemos tan alto, tan lejos: ¿se figuran ustedes a José Saramago, Antonio López o a Arvo Pärt diciendo que el objetivo de sus obras es vender lo máximo?

Antonio Machado
El problema no es que una creación sea rentable o, si lo prefieren, que genere ingresos de una u otra forma –no es preciso decir que la aspiración de un artista que desea vivir de su arte es legítima–, el problema es que un individuo dé a luz a un producto que se inscribe en lo cultural con la notoria intención de generar rentabilidad. Que el foco del autor se fije en el dinero que producirá su labor en lugar de expresarse desde lo íntimo; de “llamar a la puerta de todos los corazones”, en palabras de Antonio Machado en Juan de Mairena; es una perversión de las intenciones propias de las disciplinas artísticas. Ello se debe a que la escritura, igual que el espacio cinematográfico, pictórico o musical, admite el arte y la industria, lo sacro y lo profano, lo hondo y duradero y lo inmediato y caduco. Las expresiones culturales que no poseen una valía digna de perdurar, y son inmensa mayoría, aspiran a lo efímero, a ser consumidas en forma de entretenimiento, un fenómeno que, siendo a todas luces necesario, a fuerza de ganar espacio ha logrado ser el paradigma de la relación entre el autor y el público. Unas palabras de Andrei Tarkovski en Esculpir en el tiempo nos ilustrarán:

“Una persona que trabaja en una fábrica o en el campo [hoy valdría decir una oficina] (…) gasta su dinero para que le den un poquito de ‘entretenimiento’, algo que le prepararán diligentes ‘artistas’. Pero la diligencia de estos ‘artistas’ está marcada por la indiferencia: están robando cínicamente a aquella persona honrada y trabajadora su tiempo, aprovechándose de su debilidad, su falta de conocimientos y de experiencia estética para destrozarle intelectualmente y al tiempo ganar dinero. La actividad de tales ‘artistas’ es deleznable. Un artista de verdad, sin embargo, solo tiene derecho a una actividad creativa si para él es una necesidad vital”.

¿Es un problema exclusivo de nuestro tiempo? No. ¿Es un problema que se ha agudizado en nuestra época? Desde luego. Nunca hasta hoy se había establecido de una forma tan rotunda que todo lo que no fuera negocio debiera ser ocio. Al mismo tiempo, no se limitan esfuerzos en presentar al ocio como un espacio liviano e insulso, por ejemplo: un plan que salve el fin de semana, un pasatiempo en el transporte público, un ritmo de fondo en la sesión de gimnasio. Por tanto, en el imaginario social no hay cabida para el esfuerzo (y el arte lo requiere) fuera del tiempo que dedicamos al empleo y al resto de laboriosos quehaceres de la vida diaria.    
El resultado es, en primer lugar, el adocenamiento masivo, fruto del expolio de nuestra facultad para autoexigirnos; y, en segundo, la estigmatización de lo realmente valioso, cuyos protectores aparecen ahora bajo el título de elitistas (vean si no la definición que da el diccionario de nuestra Real Academia del término “elitismo”). Ello viene de la mano de una nueva noción de respeto, que si en origen significaba ser atento con el prójimo (re, de nuevo; specio, mirar a), hoy es igual a no interferir en la elección del producto que el consumidor elija, ya una película, ya un libro, ya un disco, por nocivos y deformadores que sean. Porque el entretenimiento requiere gustos, espacio en el que, según nos dice la extendida frase, no hay nada escrito. De ahí la proliferación de opiniones fundamentadas en el éxito del objeto cultural a la hora de activar las fibras invisibles que forman el nuestro; en efecto, en un elevado número de oportunidades nuestro interior solamente ha sido estimulado en lo primario, en lo trivial. 50 sombras de Grey, Los vengadores o las canciones Pitbull se ajustan a lo que presentamos; el problema es cuando se intentan usar los mismos códigos para referirse a las tragedias atenienses, a La pasión según san Mateo de Johann Sebastian Bach, a los Upanishads o a La palabra de Carl Theodor Dreyer, que no son un postre moderno, un calzado al uso o una entrada en Facebook.

Otro ejemplo ilustrativo. En 2013, Arturo Pérez-Reverte, en primera plana en los últimos días por el lanzamiento de Falcó, su nueva novela, fue obligado por la Audiencia de Madrid al pago de 212.000 euros por plagio. Posteriormente, el escritor se defendió insistiendo en que no incurrió en dicha falta. Independientemente de si lo fue o no, con la sentencia sobre la mesa, ¿no piensa el lector que las intenciones de Pérez-Reverte se alejaban de la necesidad vital de expresión por parte del artista que reivindicaba Tarkovski?, ¿no se alejaban igualmente de la afirmación de Unamuno, que decía que “el que escribe con la sangre de su corazón escribe para siempre”?, ¿visualizan ustedes a Pessoa, a Leopardi o a Rilke resultando sospechosos de plagio?

Sin embargo, al final, es un resultado propio de la lógica del mercado cultural, ya que los fatigosos ritmos que impone requieren agotar fórmulas; recuperar oxígeno con remakes, adaptaciones al cine y a la televisión; perpetuar sagas artificialmente y, por qué no decirlo, expoliar creaciones ajenas (recuerden, por ejemplo, los casos del popular Diplo, o el de Shakira), que no es sino una forma vil de plagio.     

Viñeta de El Roto
Un apunte sobre el elitismo. La Teoría política nos dice, desde Gaetano Mosca y Wilfredo Pareto, que uno de los fines de las élites es perpetuarse, forjar una distancia entre ellas y el resto, alimentar una endogamia que las proteja. Desde el instante en que la intención es la opuesta, es decir, aproximar al lector a las piezas inmortales que ha dado la humanidad, ofrecérselas, no existe, no podría existir, tal elitismo. Antes bien, las razones por las que las verdaderas oligarquías pretenden que las citadas obras permanezcan ajenas al común serían objeto de una larga exposición. No obstante, preciado lector, Beethoven compuso, Platón pensó y Bergman dirigió para usted, porque los anhelos, las preguntas y los infortunios han permanecido inalterados desde la primera generación. Permítanme volver a Machado, quien va a referir tres nombres que en nuestros días, con toda probabilidad, integrarían una pretendida élite literaria:

“Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en España; Shakespeare, en Inglaterra; Tolstói, en Rusia”.

Escribir para el pueblo, anota el poeta sevillano; elitismo, ¿dónde? Las personas de a pie, que somos nosotros, con el apoyo debido, leemos literatura. Prueba de ello fue el exitoso recibimiento de Anna Karenina en Estados Unidos, precisamente una obra de Lev Tolstói, cuando miles de personas se atrevieron con la extensa novela después de que Oprah Winfrey lo recomendara en su club de lectura. Si la presentadora norteamericana fue capaz de incentivar a la lectura de una gran obra, qué no podrían nuestros Ministerios. Entendemos, por tanto, la reivindicación del Gremio de Editores, que, a raíz de los resultados del CIS, ha pedido una mayor implicación al Gobierno en la promoción de los libros y de la lectura.

Winfrey y sus seguidoras, con Anna Karenina en las manos
El que escribe estas líneas añadiría dos ilusas peticiones a la reclamación de los editores. En primer lugar, no limitarse a exigir un apoyo público que aumente cuantitativamente el índice de lectura, sino que se busquen las formas de restituir a la ciudadanía las obras relegadas (llamarlas elitistas, no en vano, es una forma de restarles prestigio), y, en segundo, que se nos recuerde con la mayor urgencia que somos aptos para su lectura. ¡Qué interesante sería ubicar en la primera estantería al Fausto de Goethe y recomendar con ánimo su lectura, en lugar de ponerlo pasivamente en la sección de teatro o de literatura alemana! No es un ejercicio aventurado: tal es el trato que va a recibir Todo esto te daré, la novela policíaca con la que Dolores Redondo ha ganado recientemente el Premio Planeta.

Un ser humano que encuentra verdad en los libros es un ser que se reconocerá en ellos y que apreciará la lectura. Es la promesa fundamental de la literatura. Piensen en las obras que han sobrevivido al paso de los siglos: Homero, el Bhagavad gita, Jesús de Nazaret o Lao-Tsé, ¿qué nos han brindado sino luz y verdad? Resulta significativo, por cierto, el auge de los libros de coaching y de autoayuda, un fenómeno paralelo al olvido de facto de los referentes fundamentales del pasado. Tan soberbios somos que hemos llegado a pensar que podríamos prosperar sin ellos, faros, reflejos y guías.

El individuo que va hoy a la librería y que, por no saber dónde buscar, termina por toparse con el libro de moda, no sería extraño que eligiera un videojuego o que prefiriera escribir un mensaje por WhatsApp; porque, si de entretenimiento se trata, la consola y el teléfono móvil no requieren el mismo esfuerzo que un libro. De ahí la insistencia en que a los autores deba exigírseles, igual que debemos exigirnos a nosotros mismos. Creemos en nuestras facultades.

Y todo ello porque, en última instancia, ponemos en juego nuestro perfeccionamiento. El telón de fondo de lo que se ha escrito aquí es lo que el ser humano anhela de sí mismo. Escribía Tolstói en sus Diarios, a la edad de 76 años, que ignoraba cuál era el objetivo del perfeccionamiento, pero, al mismo tiempo, sintió la “absoluta certeza de que en ello radica la ley y el objetivo de nuestra vida”. 

  ¿En quiénes nos miramos, lector? He ahí la pregunta fundamental. Elijamos.

Lev Nikolaiévich Tolstói

3 comentarios:

  1. Hola Dani,

    Lo primero no tengo más que quitarme el sombrero por tu reflexión, la verdad es que aciertas principalmente en que no somos una sociedad lectora, y básicamente porque como leí hace unos días (no recuerdo el medio) no se lee más porque se precisa o requiere un esfuerzo. Lamentablemente en otro orden de cosas, tendemos a denigrar lo que podemos llamar literatura de entretenimiento, pero os guste o no (ya sabes que nuestro gustos van por otros derroteros literarios) este tipo de literatura es la más vendida. Es cierto también que es lamentable medir la calidad artística de un autor/autora por si venden más o menos, pero también es cierto que los escritores siempre dicen (algo que comparto) que un éxito es que te lean cuantos más lectores mejor. Comentando el asunto con nuestro amigo Eusebio (gran bibliotecario) salió a La Luz un triste comentario del escritor Lorenzo Silva que dijo que se tendría que contar por los "alquileres" de libros en la biblioteca, porque cada vez que se presta un libro el autor perdía una venta. En fin es un tema peliagudo, que has resuelto con gran acierto. Enhorabuena por tu reflexión,
    Un fuerte abrazo Paco

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  2. He visto un par de erratas, Lorenzo Silva dijo de cobrar no de contar.

    Paco

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  3. Maravillosa entrada. Sin duda, la literatura, la música, el cine, etc. enseñarían tanto a las parejas que atendemos en terapia de pareja, pero pareciera que nadie nos cultivó esa necesidad de educación del corazón. Por eso nos cuesta tanto trabajo conectarnos con las otras personas. Si tienen alguna recomendación para que las parejas puedan verse desde unos ojos, que escribieron con la sangre de su corazón, no duden en contactarnos en: http://www.terapiadepareja-df.com.mx/

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