"A la dulce luz del amor, reconocí o creí deber reconocer, que quizá el hombre interior sea el único que en verdad existe." Robert Walser

sábado, 18 de junio de 2016

Noche y nocturnidad

              “… la noche sosegada
              en par de los levantes de la aurora,
              la música callada,
              la soledad sonora,
              la cena que recrea y enamora”.

         San Juan de la Cruz, Cántico espiritual


Decía Brassaï, el autor de la imagen que sirve de fondo al blog, que la noche sugiere, no enseña: "Libera en nosotros fuerzas que, durante el día, son dominadas por la razón", añadió. El fotógrafo húngaro, profundo conocedor de las horas veladas, fundamentalmente de las parisinas, afinó al describir las sensaciones que la noche genera en nuestro interior. Ahora bien, ¿la nocturnidad se limita a la noche o podría habitar en otros espacios y adentrarse en las horas de luz? 



   Pensemos en Charlotte, la fotógrafa y recién graduada en Filosofía a la que da vida Scarlett Johansson en Lost in translation. Durante el día, la vida de la joven es una recreación de las experiencias nocturnas que comparte con Bob Harris, el personaje de Bill Murray. Al mismo tiempo, podemos percibir en ella el deseo impaciente y callado de ver qué novedades vendrán con el crepúsculo. No obstante, el día es largo y Charlotte pasa el tiempo alimentando su curiosidad con la visita a un templo cercano, observando ensimismada la inmensidad de Tokio desde la ventana de su hotel y oyendo audios que prometen ayudarla a encontrarse a sí misma. Sean las que sean las fuerzas que la dominan durante el día, no son las potencias propias de la vigilia: el principio de no contradicción, la lógica o los automatismos rutinarios. Charlotte divaga, se ensueña, reflexiona y rememora, rasgos próximos a lo que Javier Roiz, catedrático de Teoría política de la Universidad Complutense, llamó letargia*.  

   En la obra de Sofia Coppola, los personajes separan uno y otro horizonte gracias al sueño. Sin embargo, hay un realizador noruego, Joachim Trier, en cuyas películas se produce una fértil continuidad entre la noche y el día. 


Devin Druid, Conrad en Louder than bombs
   En Oslo, 31. August, Anders vive una noche de celebración con sus allegados, festejo que continúa durante el amanecer y la primera hora de la mañana sin perder el poso de la noche. En una secuencia de mayor intimidad, pero que sigue las mismas pautas, Conrad, el hijo menor en Louder than bombs, se encuentra de forma fortuita con la muchacha que le gusta, y pasean juntos hasta que llega el alba: ella entra en su casa y Conrad, con una luz pálida en el rostro, se despide y vuelve caminando a la suya. Probablemente, ha sido su primera noche de amor; la de Anders fue la última. No por casualidad, en las dos escenas se cultiva la figura del espectador: el protagonista de Oslo, 31. August es incapaz de participar de la algarabía de sus amigos y el adolescente de Louder than bombs no ha recibido de su amada más que la promesa de volver a verse. 

   Lo interesante es que, al igual que Charlotte en Lost in translation, con la aurora no se extingue la nocturnidad de los personajes. A lo más, se incrementa su impresión de ser espectadores; al fin, la nocturnidad es una facultad propia del espectador

   Son tres ejemplos cinematográficos (podríamos citar otros: In the mood for love, Vendredi soir, Oh boy Midnight in Paris) que afirman la nocturnidad, al tiempo que nos muestran que es un propiedad relacionada con la noche no porque agote en ella sus posibilidades, sino porque es durante la misma cuando se ve favorecida su presencia. De la misma forma, una naranja presta su nombre a calabazas y zanahorias; el color naranja existe al margen de ella. 

   
Eleni Karaindrou
Es por ello que hay más nocturnidad en la BWV 849 del Clave bien temperado de Johann Sebastian Bach, en las músicas de Eleni Karaindrou, e incluso en el abrazo con la realidad de Robert Walser que culmina El paseo**, que en la mayor parte de los Nocturnos de Frédéric Chopin. No basta con evocar el lapso de la jornada en el que no hay luz solar, la nocturnidad requiere ser expresada en el lenguaje de los recuerdos, de la intimidad, del silencio


   En opinión de quien escribe, uno de los instantes en que con mayor verdad se expresó la nocturnidad fue en la secuencia del autobús de La eternidad y un día, la obra de Theodoros Angelopoulos, en la que los dos protagonistas se enfrentan, siempre con la música al fondo, con las tres claves del cine del director griego, expresadas por voz de uno de sus personajes en La mirada de Ulises: la nostalgia, el viaje y la duda; no en vano, tres elementos relacionados con la nocturnidad. 

   La nocturnidad, en fin, es un refugio frente a los imperativos de la vigilia, un lugar en el que somos hechizados por la cadencia reposada del ánimo. Lo sabía Jorge Guillén, que escribió un poema titulado Último repliegue en el que hablaba de la soledad del ser, "en rumbo hacia los nocturnos interiores"; lo sabía Fernando Pessoa cuando afirmó que Bernardo Soares, el heterónimo con el que firmó el Libro del desasosiego, "aparece siempre que estoy cansado o soñoliento, cuando tengo un poco suspensas las cualidades del raciocinio y de inhibición"; lo sabía San Juan de la Cruz, pidiendo a nuestra cena que recree y enamore. 


Anders Danielsen e Ingrid Olava en Oslo, 31. August

* Es innegable que mis reflexiones sobre la nocturnidad parten de las de Roiz, mi maestro en la Facultad, sobre la letargia -recomiendo a todos los interesados la lectura de su libro El mundo interno y la política-. Sin embargo, la letargia que teoriza Roiz es un fenómeno relacionado con el gobierno democrático del individuo y que pretende -y, a mi juicio, logra- enfrentar la rigidez de las Ciencias sociales mostrara que el ser humano, desde que Sigmund Freud lo proclamara, es un ser dotado de foro interno, espacio en el que no rigen las potencias vigilantes. Mi pretensión, notablemente menos audaz, es plantear que la nocturnidad es una experiencia (quién sabe si del espíritu, del ánimo, del inconsciente, del intelecto o del foro interno) que lleva a quien la vive a la introspección, la búsqueda, la reflexión, la expectación, la ensoñación, el encuentro o la aproximación, y siempre de la mano de sensaciones tenues, amables, benéficas e inspiradoras.

** El escritor suizo, que relataba una de sus largas caminatas, escribió: 
"Aquello que entendemos y amamos, nos ama y nos entiende también. Yo ya no era yo, era otro, y precisamente por eso otra vez yo. A la dulce luz del amor, reconocí o creí deber reconocer que quizá el hombre interior sea el único que en verdad existe".

lunes, 30 de mayo de 2016

Crónica de mayo*


"Hallarme tan cercano tantas veces
de los ojos, los labios amorosos,
de aquel cuerpo de ensueño tan querido,
Hallarme tan cercano tantas veces".

               Constantino Kavafis

I

El espectador es un ser en guerra. El primer frente en el que lucha es la realidad, lejana y odiosamente inaprensible; el segundo es el espectador mismo, consciente de su incapacidad para ser parte de ella. La sensación de ridículo del espectador al intentar incidir en la realidad llega con el tiempo, al principio solo existen gestos torpes e inseguros, indicios de una identidad por revelarse. Un día el espectador reconoce su dolencia y entra en conflicto. En la vida, al contrario que en los espectáculos, los actores son abrumadora mayoría, de forma que el primer síntoma del espectador es la soledad. Después vendrán el lamento, la introspección, el silencio y una resignación que no evita su tensión incesante. El espectador responde con distancia y pesadumbre a las eventuales tentaciones de la realidad. Habita en la frontera entre el fuero interno, el único lugar en el que logra sentirse realmente partícipe, y la vida sensible, el escenario. Por ello es además un ser que finge, igual que haría un intérprete, ya que está obligado a intervenir. El espectador acepta el envite y actúa, ensaya los gestos y las palabras que fue viendo en los demás. Los gestos. Y las palabras.

   -Gracias, buenos días– dije al conductor, en vista de que era el último pasajero. 

   El autobús paró en la plaza principal y las farolas se apagaron al unísono. El sol despuntaba desde hacía rato, pero aún era temprano y las calles apenas ofrecían sensación de actividad. Principiaba el penúltimo día de mayo, San Fernando, y yo había llegado en uno de los primeros viajes de la mañana. Después de un tiempo viviendo fuera pensé que regresar hoy podía ser reconciliador: “La vida debe vivirla uno lejos de su tierra”, decía Pavese. Sabias palabras, ahora todo resultaba nuevo.

  Crucé la plaza hasta llegar al centro, donde se encontraba la estatua del rey Fernando VI. Había perdido la mano derecha, pero lucía apuesto con un bonito pañuelo rojo al cuello.  
   
   La primavera estaba madura y hacía el frescor agradable propio de las primeras horas del día. No había traído ropa de abrigo, de forma que enfilé la Calle de la Libertad y entré en un bar que solía frecuentar de joven; en él servían un vino barato y aceptable. Llevaba conmigo El rumor de la montaña, de Yasunari Kawabata, y simulé leer. 

   Vi llegar al que parecía ser el dueño, que venía cargado con bolsas de pan recién hecho y la prensa del día. Posiblemente fuera uno de los camareros que ya atendían años atrás, pero no estaba seguro. El lugar apenas había cambiado: seguía conservando el nombre y la decoración, que emulaba una posada asturiana. Recordaba que entonces la comida era excelente, así que pedí un desayuno: pan con aceite e infusión. 

  Las horas fueron pasando y, sin reparar en ello, habíamos rebasado la línea invisible y crucial que en la mañana separa la inactividad del frenesí total. En unos instantes el bar se había abarrotado de ancianos y jóvenes. Reparé en los primeros: gracias a ellos el pueblo podía seguir llamándose así, pueblo. Un grupo de unos siete u ocho fue a tomar asiento al lado de mi mesa y uno de ellos limpió la silla con la gorra antes de sentarse, gesto que ilustraba el trecho entre las dos generaciones. 

   El ambiente revelaba una animación creciente. Los ancianos jugaban a las cartas y los jóvenes charlaban jubilosos, probablemente de los chicos y de las chicas con los que deseaban encontrarse por la noche en la verbena. Yo, que no sabría decir bien qué edad me sentía con mayor proximidad, gozaba viéndolos dichosos, de la misma manera que disfruta un abuelo viendo jugar a un nieto con el césped. 

   Al salir del bar, la vida era otra. Con la luz del mediodía vi los adornos que colgaban de las calles, las guirnaldas que unían los tejados de punta a punta, el colorido de las terrazas llenas. Era la viva expresión de un soleado viernes de primavera.   

II

Después de la comida di un breve paseo; buscaba un lugar retirado en el que leer.  

   Habían derribado el cine viejo, una novedad inesperada que era forzoso encajar con disgusto. La ausencia es, si nadie lo evita, el paso previo al olvido; los nuevos y los visitantes no sabrían que allí hubo un cine. Resultaba profundamente doloroso. 

   Llegué a un banco próximo a la avenida que servía de límite con el municipio de al lado. De niño había jugado sin descanso en los parques del barrio y bastaron unos minutos para notar que el ángel de entonces había desaparecido. Todo contrastaba con el vacío, al borde de lo grosero, que presentaba ahora.  

   El enorme árbol que coronaba el lugar permanecía, sin embargo, intacto. Era una olma grandiosa y venerable que, desde su atalaya, había presenciado los primeros años de mi generación. Ahora prosperaba radiante, majestuosa y estallada en un verde propio de finales de mayo. Producía vértigo pensar en el tiempo que un árbol sigue impertérrito fuera de nuestra vista: paseamos, reparamos en ellos –o no– y los dejamos atrás, pero los árboles continúan. La olma había seguido allí, por fortuna. 

   El aire era distinto al de la mañana; reinaba una tranquilidad monacal. El día 30 iba a darse un respiro, ya que todos los que habían salido la noche anterior precisaban reponer fuerzas. De fondo podía escucharse la infatigable música de charanga de las peñas, que vivían para los días de Fiestas. Siempre había extrañado la presencia de una banda patronal que llevara las celebraciones a ritmo de pasodobles.

   Una muchacha leía otro libro en un banco próximo: La educación sentimental, de Flaubert. No levantaba la vista de las páginas, que pasaba lenta y escrupulosamente. Era una figura ausente, desprendía un sosiego ceremonial. En un instante la sorprendí mirándome a los ojos, luego enfocó sobre el ejemplar de El rumor de la montaña que sostenía entre las manos y volvió nuevamente a mí antes de regresar a su lectura. Solo los lectores muestran interés por los libros de los demás; solo el espectador observa al que mira: yo la miraba a ella, que a su vez me había mirado a mí. La joven resaltaba entre el resto de personas que había visto en la mañana. Probablemente disfrutara del mejor momento del día, resultaba difícil imaginarla con los jóvenes que planeaban una noche agitada y frenética en el bar. Por alguna razón inexplicable, fruto de una súbita inspiración, supe que la muchacha no florecía en primavera, sino en otoño. 

   Regresé a Kawabata. Era un escritor excelso. Redactaba con naturalidad y perfección, siempre atento a lo extraordinario: un gesto, un paisaje, una palabra. Dicen que fue un solitario y que puso fin a su vida voluntariamente. Estoy seguro de que escribía de noche, bello y triste, igual que la joven del banco de enfrente. 

   Un viento ligero soplaba de forma intermitente. Yo aprovechaba para alzar la vista y fijar la mirada en un punto inexacto de mi flanco izquierdo, una excusa para volver a mirar con sutileza a la chica, que seguía desprendiendo una solitud admirable e impropia. Era joven, no debía llegar a la veintena; el cabello, en forma de uve, caía moreno y liso sobre su rostro. Leía a Flaubert con calma, a punto de confundirse con el entorno. Fuera lo que fuera que buscaba en el escritor francés, sabía que era valioso. Yo ya había besado mentalmente sus manos, blancas y pequeñas.

   La temperatura había ido bajando con el paso de la tarde y los primeros padres llegaban al parque con sus hijos, generando un murmullo que despuntaba entre la quietud. Antes había sido imprudente e injusto: no era un lugar tétrico y abandonado a su suerte, solamente era la hora de la siesta. Con todo, faltábamos mi niñez y yo, mis abuelos y mis padres, no podía pensar sino en ellos. La nostalgia nos recuerda que fuimos felices y para ello precisa mentir, porque nos dice que solo fuimos felices. Incluso si los hechos reales del pasado fueron amargos y dañinos, todo queda amainado por una pátina de gratitud y perdón. Nosotros, al fin, ya no estamos allí.

   Estaba ensimismado y miraba sin ver a un anciano llegar con una niña, que sería su nieta, enarbolando ufano un algodón de azúcar. Llegaban de la feria, ya abierta. El abuelo jugaba con la criatura a esconderle el dulce y ella reía a mandíbula batiente. 

   A mi lado, la muchacha se levantaba, lista para irse. Con el sosiego habitual descruzó las piernas, colocó cuidadosa el marcador entre las páginas y se incorporó. Antes de irse volvió a mirar mi libro, que ahora descansaba cerrado sobre la madera. Lo observó anhelante, quizá tentada por su hermosa portada, con la geisha protegiéndose de la nieve. Era su forma de decir adiós. El asiento quedó virgen, no vacío. 

   Solamente deseaba haber fallado en mi impresión y volver a verla por la noche. 

   Estuve mirando fijamente a la olma: ora sus raíces firmes, ora su tronco robusto, ora su nutrida copa. Ella seguía allí; era una Penélope obstinada y fiel. Sin poder evitar una incómoda sensación de extranjería, nuestro árbol procuraba una cálida sensación de pertenencia. Creí escuchar su voz, igual que Ogata Shingo, el veterano protagonista de la novela, oía el rumor de la montaña.  

III

Había llegado l’heure bleue, un intervalo en el que, durante unos minutos, al caer la tarde, todo se revestía de hermosos tonos azules, más o menos claros según el punto desde el que alumbrara el sol. Ahora las gentes volvían a la calle, renovadas por el ánimo ambiguo que dispone el crepúsculo de los meses cálidos.

   En mayo el buen tiempo ya no es una novedad, pero la hora azul lograba recuperar la sorpresa de marzo, cuando un día, felizmente y sin aviso previo, la primavera recoge el testigo del invierno. Los niños salen con sus padres, solteros y jóvenes con sus amigos y los ancianos pasean juntos antes de terminar arrellanados en las butacas a las puertas de sus casas. Es un espectáculo familiar, omnipresente y nuestro. 

   Un adolescente salía engalanado de su portal. Una madre permitía ganar una carrera a su hijo, que estaba aprendiendo a montar en bicicleta. Un hombre bajaba del autobús desanudando con premura la corbata, presto a llegar a la ducha. Dos abuelos hablaban en la mesa de una plaza, con los naipes aún esparcidos sobre el tapete. Los últimos chavales jugaban con un balón entre los columpios antes de subir a cenar. El obstinado estudiante de Bachillerato cerraba la biblioteca municipal preguntándose si salir luego o si era preferible reservar fuerzas para los exámenes. 

   Faltaban unas horas para los fuegos artificiales, cuando el pueblo iría a reunirse en torno a ellos; era un espíritu de unión que únicamente volvería a repetirse en enero, con la cabalgata de Navidad. Diera la impresión de que los meses previos llevaran forzosamente hasta hoy, día en que la ciudad celebra a las puertas de junio su presencia. En unas semanas finalizaría el curso y el lugar iría vaciándose. Las familias huirían del calor y la rutina en busca de descanso y lejanía antes de volver en septiembre; la entrada del otoño en San Fernando no venía anunciada por la caída de la hoja, sino por su regreso. Sin embargo, septiembre aún quedaba lejos. En el cielo una luna redonda y tímida venía a anunciarnos que la oscuridad llegaba.

   Al ir a dar las doce fui a la fábrica de paños, donde centenares de personas aguardaban la hora en punto. El castillo de ruido y colores que iba a iluminar el cielo no revestía un ápice de interés al lado de la unión de los vecinos, posiblemente exagerada –si no figurada– por mi parte. La dicha de saber que durante unos instantes el pueblo iba a estar presente y animado resultaba, justo es decirlo, irresistible.

   Permanecí con ellos el tiempo preciso para comprobar que todo seguía según recordaba; no esperé siquiera al final del espectáculo. Bajé al parque y allí el paisaje era idéntico al de antaño: a un lado, los puestos del mercado ambulante que todos los mayos ocupaba la misma cuesta; al otro, una enorme extensión de césped en la que los jóvenes cumplían con lo que habían predispuesto por la mañana. Con suerte, pensé, algunos ya habrían encontrado a la persona que pensaban. Afortunados.

   De pronto entendí que la muchacha del banco no estaría allí; no era su lugar. Entonces fui víctima de una tristeza que, amable lector, debo evitar explicar por pudor y porque a buen seguro sería incapaz de dar con las palabras justas. Qué blancas y pequeñas eran sus manos, qué reparadora su calma

    Huí del parque. Nada había cambiado. 

   Subí por la calle por la que había bajado, que resultaba familiar, ya que era en la que años atrás vivían mis abuelos, los padres de mi padre. En la noche, para mí, era un espacio intermedio entre el la celebración y el retiro. 

   Llegué a la plaza principal, exactamente al mismo punto en el que unas horas antes había bajado del autobús. Era extraño, no había nadie. Volví a cruzar la plaza hasta llegar de nuevo a las barbas del Santo. Pensé que era una lástima que no lograra girarse, siquiera furtiva y excepcionalmente, para presenciar el amanecer dentro de unas horas. Ver pasar a los lugareños todos los días, no obstante, era un precio que pagaría gustoso. Él miraba y observaba a los que miraban.  

   La noche era cálida, íntima y sin estrellas; pasear era gozoso. Enfilé de nuevo la Calle de la Libertad, ya hermosamente iluminada y solitaria. A la altura de la biblioteca di media vuelta y descubrí que un pasillo de farolas alumbraban en ámbar a la estatua. Seguía ajena al regocijo que despertaba su día. Fantaseaba imaginando que, a la mañana siguiente, la joven del banco sería una de las personas que pasearían por allí, libre de los pesares propios de varias noches de frenesí. El Santo sería afortunado e infeliz al mismo tiempo, igual que yo.

   Ambos nos hallábamos tan cercanos tantas veces.      

*Con motivo de la festividad de San Fernando, 30 de mayo, publico 
un relato que escribí en 2015 y que transcurre, justamente, un día como hoy.

domingo, 3 de abril de 2016

En agradecimiento a Yann Arthus-Bertrand

 
   "Son las personas corrientes las que llevan en sus corazones el amor por 
todo cuanto vive; aman y cuidan de la vida de modo natural y espontáneo. 
Al final del día prefieren el calor del hogar a encender hogueras en las plazas".
Vasili Grossman, Vida y destino

   En el universo imaginado por James Cameron, sus criaturas decían "Te veo" al avatar amado, palabras pronunciadas con la misma intención que nosotros nos decimos "Te quiero". Es un gesto ilustrativo, porque viene a recordarnos que no hay amor sin entendimiento, sin ir a lo fundamental, sin rescatar al otro de la indiferencia. Por ello, Simone Weil escribió, en La gravedad y la gracia, que "la creencia en la existencia de otros seres humanos como tales es amor". La pregunta que se nos plantea en una era en que nuestros caminos se cruzan a diario con los de cientos de personas es: nos miramos, es innegable, pero, ¿nos vemos?


   Yann Arthus-Bertrand, a sabiendas de la relevancia de la cuestión y de las probabilidades de responderla negativamente, ha venido a ofrecer un remedio. El documental Human, de cuatro horas y media de duración, nos sienta frente a cientos de personas que nos hablan de sí mismos, de sus vivencias, de sus trances y dichas, en fin: de su existencia en tal que seres humanos, al sabio decir de Weil. Un fondo negro unifica el escenario sobre el que se presentan parte de los 2.020 hombres y mujeres de toda edad, raza y religión que el equipo de Arthus-Bertrand ha entrevistado a lo largo de los últimos tres años. 
   
   Es preciso resaltar el ascetismo formal porque es uno de los elementos que permiten que el mensaje florezca límpido y urgente, a saber: somos uno, humani generis, según expliqué recientemente en Somos Parte, un blog amigo"Es adictivo escuchar al otro porque, en el fondo, eres tú el que habla, no es ningún otro: eres tú, tu historia, incluso en las historias más terribles eres tú quien habla", explica el propio Arthus-Bertrand¿No es el mismo mensaje de Pablo d'Ors, cuando insiste en que el gran hallazgo es entender que, en realidad, el otro es uno? ¿No nos llama por la misma senda Ramón Andrés al advertirnos frente a los peligros de la autorreferencialidad, un oneroso riesgo de nuestra época?   

   En última instancia, es un ejercicio de espejos en el que el espectador es interpelado y el protagonista es -ahora sí, inevitablemente- visto, y todo con el fin de resaltar lo esencial, los elementos comunes de los seres humanos de todas las generaciones: el miedo, la tristeza, la esperanza, la fe, el llanto, la alegría. ¿Es nueva la nostalgia del hogar que experimentan hoy los refugiados sirios o iraquíes de la que vivió Ulises durante dos décadas de regreso a Ítaca? ¿Varía un ápice el anhelo del rico y del pobre, o la indignación frente a la violencia de un palestino y un israelí que repudian el enfrentamiento entre sus pueblos?  



   Sin embargo, Arthus-Bertrand pretende que entendamos que la urgencia principal, la que viene preñada de trascendencia, es la de amarnos: "Todos tenemos necesidad de amor, de ser amados y de amar, simplemente", afirma el realizador francés. Es la palabra pronunciada tiempo ha por el Evangelio; el ¡Abrazaos, millones! con que Beethoven clamó en la Novena; el mismo sentir compasivo por todas las criaturas vivas proclamado por Buda; el grano que plantó Tolstói en su epístola a Gandhi, recuerden: "El amor es la aspiración de las almas a la comunión humana".   

   Human es, al fin, el Hojas de hierba de nuestro siglo: un democrático abrazo al inabarcable grupo que formamos la especie humana. Poniendo en plural el célebre verso de Whitman, decimos: "Somos inmensos, contenemos multitudes". Es ahí, en las hondas palabras del vate estadounidense, donde se mira y nos obliga a mirarnos Yann Arthus-Bertrand, feliz heraldo de nuestros días. Tan tristes, tan humanos.  



sábado, 22 de agosto de 2015

La horfandad de las épocas


"El último individuo que queda en la 
sociedad de masas parece ser el artista".
Hannah Arendt 
 
   En 1942, ya desde el exilio en Brasil, Stefan Zweig verbalizaba su preocupación ante la posibilidad de que la época no alumbrara espíritus nuevos, artistas que relevaran a los que él había admirado en la fértil Europa de principios de siglo XX:

     "¿Y no es la nuestra una época que no permite al hombre más puro, más aislado, quietud alguna, la quietud de la espera y la madurez, de la reflexión y el recogimiento, como la que todavía fuera concedida a los de la época más benigna y serena del mundo europeo de la preguerra?"

   Es una pregunta que podríamos realizarnos hoy con la mayor de las urgencias y, llenos de vergüenza, habríamos de responder afirmativamente. Los miedos del escritor vienés fueron un síntoma de los tiempos por venir. Inmediatamente después de El mundo de ayer llegaron las mejores obras de Borges, de Camus o de Grossman, incluso las felices irrupciones de Bergman y de Tarkovski (en Nostalghia, una de sus películas, el 'loco' Domenico, interpretado por Erland Josephson, clama: "El gran mal de nuestra época es que ya no quedan grandes maestros"), del Neorrealismo y luego de la Nouvelle Vague. Sin embargo, la fecunda generación que hizo de Europa un vergel durante la primera mitad de siglo, con la mención especial de los literatos (Rilke, Proust, Hesse, Pavese, Mann, Pirandello, Valéry, Yeats, Kafka, Faulkner, Woolf, Eliot, Walser o Pessoa, por citar a unos a riesgo de olvidar otros), ya no regresaría.   

   Es un proceso que hoy no ha hecho más que pronunciarse. Nuestros años son suelo yermo, un barbecho incapaz de dar frutos: la pesadilla de Zweig. Desde el fallecimiento del propio Jorge Luis Borges en 1986 resulta arduo pensar en referentes, ya intelectuales, ya culturales. Siempre los hay, es indudable: José Saramago, Fernando Fernán-Gómez, Theodoros Angelopoulos, Michael Haneke o Béla Tarr son nombres que han enriquecido la época, pero al mismo tiempo son excepciones, casos preocupantemente aislados. Escasean incluso los seres dotados de sentido común, los sabios y los maestros otrora frecuentes: pensemos en lo raras que resultan las figuras de José Luis Sampedro, Emilio Lledó o Eugenio Trías.   

  
Su presencia ha sido reemplazada por la de escritores, músicos y cineastas que, salvo honrosas excepciones, son de una categoría inferior a sus predecesores. Todos sabemos quiénes son; sería indecoroso pronunciar sus nombres. Nos decía Auguste Rodin en su imprescindible testamento artístico que "la admiración es un vino generoso para los nobles espíritus". Él podía ladearse y dar, sin mayor problema, con un artista al que admirar. Sin embargo, ¿gozamos nosotros de la misma suerte? Probablemente no, ya que la nuestra es una fortuna más precaria que la del escultor francés. El pasado siempre es, a la vez, una receta y un alivio: allí hallaremos la inspiración que precisemos.  

  ¿Imagina hoy, amable lector, una belle epoque con una librería, al estilo de la parisina Shakespeare & Co, en la que se reunieran autores de la talla de Joyce, Hemingway, Stein, Pound o Fitzgerald

   Cien años antes que Zweig, Kierkegaard afirmaba en Las obras del amor que su mundo se había vuelto prudente a un grado tal que había llegado a rechazar la sabiduría. El nuestro la rechaza y, además, es inútil a la hora de producirla. Hay otros criterios que priman sobre ella: la productividad, el éxito, la apariencia. ¿Las razones? Castoriadis lamentaba, ya a finales de los noventa, la ausencia de pensadores y de músicos ilustres por el agotamiento del imaginario, pero a la explicación del teórico greco-francés habría que añadir, al menos, la imperiosa urgencia del mercado, que instaura la dictadura de lo vendible al tiempo que relega lo bello y pervierte el resto de prioridades: el arte, la reflexión, el gozo, la inspiración, la admiración.

    Nuestra época, nosotros, precisamos preguntarnos por qué nuestra tierra es baldía, en qué instante los ilustres se vieron en peligro de extinción, a qué se debe la pérdida de los genios. Entretanto, nos abrazamos a la esperanza de Stefan Zweig, que no atrancó la puerta sin abrir inmediatamente una ventana:

   "Siempre surgirán de nuevo estos poetas en un feliz regreso, porque, a pesar de todo, la inmortalidad concede de vez en cuando esa preciosa prenda incluso a la época más indigna".  


sábado, 11 de julio de 2015

De pertenencia y permanencia



“Del mismo modo, el más inquieto trotamundos suspira al fin por su patria de nuevo y encuentra en su cabaña, en el pecho de su esposa, rodeado de sus hijos, en el trabajo para su sustento, la dicha que en vano había buscado por el ancho mundo”.

JW von Goethe, Las desventuras del joven Werther

Es ilustre la figura del viajero, especialmente entre los hombres y las mujeres de letras que visitaron numerosos lugares a lo largo de sus vidas, o que eligieron un lugar de residencia alejado de sus ciudades natales. Piénsese en los viajes de Hermann Hesse por Oriente, en los de Tolstói y Dostoievski por Europa central o en los de Joyce por Italia, por citar tres ejemplos reconocibles. Al mismo tiempo, hay quienes no gozan de libertad y son obligados al exilio, de la misma forma que otros son vilmente retenidos; la lista en los dos casos siempre sería demasiado larga. 

    Sin embargo, existen individuos que prefirieron no alejarse. Dos verbos hermanos, procedentes del latín, nos dan las claves: pertenecer y permanecer. El primero viene de pertinere, es decir, ser de; y el segundo, permanere, alude al acto de estar siempre en el mismo sitio. Tres grandes hombres los conjugaron inmejorablemente, aun separados por siglos, incluso por milenios: Sócrates, Kant y Pessoa.

 Los nombres de Sócrates y Atenas son indisociables. El episodio capital de la vida del maestro sucedió allí, ya en su vejez: Sócrates contaba alrededor de setenta años cuando Meleto, Licón y Ánato presentaron en el arconte una denuncia acusándole de pervertir a los jóvenes, de no creer en los dioses de la ciudad y de desobedecer a las leyes. Durante el juicio, Sócrates no ofreció mayor resistencia que la del sentido común, con bellas y nobles palabras sobre su ministerio en la polis.

   El jurado decidió la muerte del filósofo, sentencia que respetó desde primera hora. Platón y Jenofonte, sus dos principales discípulos, ofrecieron versiones opuestas de su reacción en sendas Apologías: el autor de la República ensalzó el pulcro respeto de su maestro a las leyes de la ciudad, al tiempo que Jenofonte planteó que Sócrates prefirió la muerte a una vejez que prometía serias dificultades. Interpretaciones al margen, el hecho es que su última enseñanza, probablemente la más elevada, fue ofrecer su vida a Atenas, su ciudad. No olvidemos que Sócrates rehusó la opción de fugarse en los instantes previos a la ejecución para, finalmente, inmolarse en su celda. No habría sido Sócrates fuera de la emblemática polis y, valga decirlo, Atenas fue menos Atenas sin él. Ya escribió Diógenes Laercio: “Y si los atenienses la cicuta te dieron, brevemente / se la bebieron ellos por tu boca”.

   El de Kant es un caso menos épico. El pensador prusiano llegó al mundo en Königsberg, y se marchó de él ochenta años después en el mismo lugar. Sabemos que, en las extrañas oportunidades en que salió de allí, no viajó lejos ni por mucho tiempo. Sorprende que Kant, el hombre que anhelaba preceptos universales y que ideó el imperativo categórico, no saliera de la antigua capital de la Prusia oriental.

   Sería aventurado pensar por la mente de un filósofo de su brillantez, pero podemos intuir que el suyo fue uno de los ejemplos insignes de universalidad en la individualidad. No en el sentido de Pessoa, que dio vida dentro de sí a múltiples personalidades, sino en el de la inmensa riqueza que atesoraba y en su facultad de juicio, que debió de anular en él toda necesidad de viajar. Una hermosa casualidad hizo que un siglo después de su muerte, Hannah Arendt, una de sus herederas intelectuales más brillantes, estudiara en la misma Universidad en la que él dio clase. ¿Adivinan en qué ciudad?



Finalmente, Pessoa fue un ejemplo extraordinario. Nació en Lisboa, se vio obligado a pasar su infancia en Sudáfrica, ya que su padrastro era cónsul en la ciudad de Durban, y en torno a sus veinte años volvió a la capital portuguesa, de la que no salió más que en dos oportunidades, únicamente para realizar viajes cortos.

   El poeta luso fue un notorio adversario de los viajes: “Podría ir a buscar riqueza a Oriente, pero no riqueza de alma, porque la riqueza de mi alma soy yo mismo, y yo estoy donde estoy, con Oriente o sin él”, anotaba en el Libro del desasosiego. Pessoa, al igual que Kant, solo que con un estilo poético y hermoso, albergaba un comos dentro de sí mismo. Él era su propio universo, no solamente por sus numerosos heterónimos, sino porque sabía que el mundo de fuera es minúsculo para quien ha vuelto la mirada hacia dentro: "Como si no supiera que cualquier cosa que pueda venir del exterior no es nada en comparación con lo que puede suceder en el interior", escribió Tolstói en sus Diarios el primer día de 1891. 

   Recuperando un argumento del profesor Rafael del Águila, vivir en una ciudad es más que amarla, porque uno podría amarla igualmente en la distancia. Al habitar en ella uno se expone a graves penalidades: Sócrates puso fin a sus días con veneno, Kant fue reconocido de forma tardía y Pessoa vagaba ebrio por las calles de Lisboa antes de morir olvidado en un hospital. Al vivir en un lugar uno pasea, adquiere los víveres diarios, se emociona en sus cines, saluda a los vecinos, practica deportes en los parques, dialoga en los bares, lee en los bancos, se reúne en las plazas, es decir, es, en toda la plenitud de la palabra. Uno crece y logra que la ciudad crezca consigo; es el regalo con el que nuestros lugares premian la fidelidad.

   Nos permiten ser, nos reconocemos en ellas de la misma forma que nuestras ciudades son reconocibles gracias a nosotros. Atenas fue la primera capital de la filosofía gracias a Sócrates Königsberg gozó de un estatus similar en el siglo XVIII porque Kant desplegó allí sus inagotables facultades, Lisboa respira más triste y nocturna desde que Pessoa escribió furtivamente sus saudades en un cuarto anónimo.

   Entender el vínculo entre nosotros y nuestros lugares –vuelvo a una expresión del profesor del Águila–, he ahí la esencia fundamental. Es una misión a contramano en los tiempos de los viajes rápidos y baratos, de los traslados obligados por trabajo, de los desplazados por conflictos, del Erasmus, de las estancias en el extranjero, de la obligación de aprender otros idiomas, de la agitación perpetua. ¡Qué extrañas suenan hoy las líneas de Kafka que nos invitaban a no movernos, a no salir siquiera de nuestras casas, para descubrir cómo el universo se despliega extático ante nosotros!
   
   Hay un hecho ineludible, y es que el vínculo sobreviene la mayoría de las veces por sorpresa y en un lugar que no es el que nos ha visto llegar al mundo. En efecto, la pertenencia y la permanencia no siempre nos vienen dadas y hemos de ir en su búsqueda. Es el caso del trotamundos del que hablaba Goethe, un hombre que viajó fructíferamente por Europa. Walt Whitman decía al respecto que el universo predisponía todo con el fin de llevarnos hacia un solo lugar: nosotros mismos. Todos nos buscamos; afortunados quienes logran encontrarse, sea donde sea.

   Ahora solamente he intentado dar valor a dos palabras fuera del lenguaje habitual: ser de y estar siempre en el mismo sitio