Adèle* duerme despreocupada por la muerte, como sólo
pueden hacerlo los animales. Únicamente tiene quince años –los adolescentes gozan del
halo de inmortalidad que confiere saber que el deceso, en principio, aguarda lejos
todavía. Sus ojos se entornan durante la vigilia en la misma proporción que se
entreabren sus labios cuando ha conciliado el sueño: la mirada parece cansada,
pero en realidad se está abriendo al mundo; una ambigüedad semejante a la de
los bostezos, que no se sabe si evidencian agotamiento o despereza.
Todo
lo contrario le ocurre a Emma, cuyas ojeras, aun incipientes, reflejan el
sufrido camino de descubrimiento y autoaceptación que Adèle apenas comienza a
intuir. El poso de veteranía que otorgan las relaciones no siempre equivale a
experiencia amorosa; el complejo táctico y repetitivo que impone una relación en
ocasiones constriñe el amor –al tiempo que, paradojas de las realidades paradójicas que son los sentimientos, le permite florecer–, cuestión más profunda y
compleja, cuyo fin es ser experimentado en sí mismo de forma libre.
Emma
es diestra en el noviazgo y quizá en el amor; Adèle, primeriza. Sin embargo, ambas
llegan a la otra con la inocencia del terreno por sembrar y aparece lo que Thomas Mann describiera alguna vez: “Fue amor a primera vista, amor eterno, un sentimiento desconocido, inesperado.” Fértiles como son, diría André Gide,
persiguen “a través del placer algo más allá del placer” y construyen una
relación tradicional de viernes por la mañana, sábados por la noche y domingos
por la tarde.
Los años vuelan, y Emma, que prioriza la relación a los
sentimientos, dedica a su carrera de pintora las mayores preocupaciones. Adèle, al contrario, vive del amor y, a pesar de que el suyo por Emma es sólido, acusa
ahora una falta de atención que compensa en brazos ajenos. Quien vive pendiente
del medio corre el riesgo de olvidar el fin, y quien atiende al fin se
encuentra en peligro de confundir el medio.
La
tragedia de una ruptura es que no siempre trae consigo la desaparición del amor.
Es aquí, en el ocaso, cuando reverbera el espíritu de los sentimientos que habita
en cada una y que nunca antes podrían haberse expresado. Emma cierra la relación
y obliga a sus sentimientos por Adèle a transformarse, no se diluyen: “Siento
por ti un cariño infinito”, le explica. Adéle, por su parte, ama a Emma
transcendiendo los límites de tiempo y espacio que impone la relación. Siente
por ella lo que se siente hacia los padres: un amor que sobrevive a la muerte de éstos, se los quiere aunque ya no estén. Una quiso, la otra amó; Emma
despidió a una pareja, Adéle a lo imperecedero.
Habrá
quien objete: “Sentir de ese modo es imposible, padres no hay más que
dos”. La pregunta es, ¿y amores, cuántos hay?
*La vie d'Adèle, dirigida por Abdellatif Kechiche, fue
estrenada en España el pasado 25 de octubre después de
ganar la Palma de Oro en el último Festival de Cannes.
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