"A la dulce luz del amor, reconocí o creí deber reconocer, que quizá el hombre interior sea el único que en verdad existe." Robert Walser

sábado, 7 de junio de 2014

Entrevista con Enrique González Macho


El propietario de los Cines Renoir fue reelegido como presidente de la Real Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas el pasado 24 de mayo. La entrevista tuvo lugar tres días antes con motivo de conocer sus valoraciones sobre la política económica del Gobierno en materia cinematográfica. 


Pregunta: Usted es partidario de ajustar el IVA del cine al PIB, ¿piensa en una cifra concreta?

Enrique: No se me ocurre ninguna cifra concreta porque lo que queremos todos es que baje el máximo posible, pero entiendo que debiera estar en función del PIB de los países de nuestro entorno. El sector cultural está normalmente entre el 4 y el 7 por ciento. Nosotros lo teníamos en el 8% antes, entonces tengo que ser realista y sé que el señor Montoro no lo  va a bajar de ahí nunca, ni borracho. Me daría por satisfecho si volviera a como estaba antes, al 8%.

P: ¿Cuál es el margen de actuación de los empresarios a la hora de incrementar el precio de una entrada tras la subida del IVA al 21%?

E: El margen ha sido muy poco. Hemos tenido que subir una gran parte por la subida del IVA y eso ha provocado una situación bastante dura en el sector porque el 21% es una cantidad muy importante. Además existen los derechos de autor, y entre IVA y tasas tienes un 25%, de forma que por cada euro de una entrada el 25% se va por ahí. Lo que se ha hecho han sido juegos malabares porque al mismo tiempo la entrada de cine estaba muy cara, con lo cual lo que se ha hecho es subir determinadas sesiones el precio de la localidad (nunca el 25%, desde luego), pero también lo que se ha hecho es bajar el precio de muchas otras sesiones para intentar compensar. El resultado de todo esto es que el precio medio de la localidad ahora en España está entre 5’75 y 5’8 euros, que es el que regía hace cuatro o cinco años. También te digo que habrá gente que diga “Pues yo fui ayer al cine y pagué diez euros”; yo le contesto “Vaya usted al de al lado, que seguramente paga cinco”. Es un ejercicio muy sencillo: tú coges la última película de gran éxito, Ocho apellidos vascos, que lleva casi 9 millones de espectadores con 52 millones de recaudación, lo divides y ves que el precio medio de la localidad es 5’75 euros; algunos han pagado 9 euros por verla y otros han pagado 3. Y coges la de hace dos años, que era Lo imposible, y sale que el precio medio entonces era de 7’20, es decir, que el precio medio de la localidad ha bajado.

P: Pedro Almodóvar habló de un plan riguroso de exterminio del cine español, ¿lo comparte?

E: No llego a esos extremos, pero sí puedo decir, y le doy la razón a Pedro, es que no ha habido medidas positivas, que yo vea. Ni una sola. Y cuando todo es negativo… pero no quiero llegar tan lejos, a mi me gusta hablar de las cosas reales, no de las suposiciones. Pero lo real es que estamos como estamos: que yo vea no ha habido ni una medida positiva excepto una, que es relativamente positiva, prorrogar la deducción fiscal del 18% en la producción, pero ha sido la prórroga de algo ya existente. Luego no he visto nada por momentos. Se anuncian cosas, pero… a los hechos me remito.

P: ¿Tiene esperanzas en la reforma fiscal que anuncia el Gobierno?

E: No lo sé, no me atrevo a decir que la tenga ni que la deje de tener, porque como es una cosa muy misteriosa… Un día el ministro comenta una cosa, al día siguiente dice lo contrario, al día siguiente vuelve a decir lo anterior… es decir, es una decisión que está en manos del ministro de Hacienda y de nadie más. O de alguien más, que será Rajoy, que manda poco más que él.

P: ¿Habrían cerrado varios de los Renoir si el IVA no hubiera subido?

E: No, no hubieran cerrado. No sé si todos, no quiero mentir, pero la mayoría no hubieran cerrado.

P: ¿Los Renoir recibieron ayudas públicas para afrontar la modernización (especialmente la digitalización) de las salas? ¿Cómo afronta una sala modesta una inversión así?

E: Ninguna. Absolutamente ni un céntimo. Nos endeudamos, como todo el mundo. No ha habido otro sistema, ningún otro. Pero vamos, ayuda pública, ni un céntimo. Ni yo, ni nadie que yo conozca; a lo mejor ha habido alguno, pero conozco a casi todo el mundo, y eso ha sido hecho sobre las espaldas de la propia industria.

P: ¿Es sostenible un modelo en el que el Estado no subvencione al cine sino que el cine subvencione al Estado?

E: Eso ha sido siempre así, pero ahora es más notorio. El tema de las subvenciones es un tema delicado porque son muy pequeñas y parece que son muy grandes. Cada euro tradicionalmente que ha puesto el Estado en el cine le ha revertido hasta hace unos años el 2-2’5 por cada euro, y ahora mismo los cálculos que se hacen indican que está entre los 5 y los 9 euros de retorno.

Por tanto, no es sostenible, porque no hay un modelo. Existe una ley, la de 2007, que está todavía sin desarrollar del todo y que está aparcada porque dicen que ya no vale y desde hace tres años se nos viene anunciando un nuevo modelo, pero ese nuevo modelo todavía no está. 

P: ¿A qué cree que se debe el progresivo descenso de la asistencia a las salas que se ha producido en los últimos años si las entradas son más baratas de media?

E: Esencialmente, aunque no es la única causa, a la piratería. Juega un papel esencial, y el Gobierno no ha hecho nada verdaderamente serio y que tenga transcendencia. Poca cosa, poca.

P: ¿Se impone el modelo del centro comercial multisalas a costa de los cines tradicionales de los centros urbanos?


E: Sí, absolutamente sí. Desgraciadamente, están desapareciendo las salas de centro de ciudad e imponiéndose otro. Se han cerrado muchos cines, pero también ha bajado el número de pantallas en los últimos años. Si no me equivoco, debe andar del orden de unas cuatrocientas pantallas menos en los últimos dos años.

martes, 29 de abril de 2014

Tratado de mí mismo. A los 25 años.


I)*

Decía Moisés Maimónides, un olvidado pensador cordobés, que los acontecimientos más importantes suceden de noche. Sea cierto o no, las horas veladas permiten que la consciencia se diluya y afloren los sueños; de noche, el movimiento y la quietud se convierten en conocimiento de uno mismo. Por ello, estas líneas son redactadas de madrugada, junto al ámbar de las farolas que se cuelan en mi cuarto, al estilo de aquel Bernardo Soares a quien Fernando Pessoa sentó a reflexionar cuestiones del adentro, íntimas y, al fin, nocturnas –para escribir una biografía sin acontecimientos, una vida sin más suceso que el devenir del pensamiento. El escritor portugués sabía que los del Libro del Desasosiego eran fragmentos universales, pues cada persona posee esa bóveda que le alberga las divagaciones y que define el abismo entre el yo y el uno mismo.

II)

Nací, me crié y crecí en una familia de mujeres con la sola preocupación de recibir el cariño que me profesaban. Quizá en aquel calor de la infancia quedaron plantadas las semillas que ahora, años más tarde, me impulsan a escribir sobre el papel. Hoy, sin embargo, recuerdo aquellos tiempos con lúcida vigilia: el ser humano, el único animal incapaz de dormirse cuando lo pretende, encuentra las mismas dificultades para ensoñarse a voluntad –al menos el ser humano que les habla. De ahí que el pasado únicamente acuda en forma de fotograma suelto, de verso libre, imágenes propias de la vigilia; y que uno deba conformarse con la película del sueño únicamente cuando, inconscientemente, se olvida de sí. Solo, entonces, surgen los ensueños.

III)

En mi caso, los ensueños se presentan junto a la ventana de un autobús, mientras el sol se pone. Juraría que me marcho con él tras el horizonte, durante sus doce horas de descanso, y ahí aparecen ellos. Aún hoy me pregunto qué conexión existe con el cine, la gran fábrica de sueños, si acaso el cristal no será otra pantalla sobre la que veo transcurrir el movimiento, tan ajeno a mis pensamientos y, sin embargo, tan nutridos de él. El recorrido no ha variado en los últimos años, se repite secuencialmente a un extremo y al otro del transporte, y jamás la puntual fábula de mi mente ha creado dos secuencias iguales. ¿Dónde estoy mientras hilvano saudades, en el asiento o allí afuera? 

   Se pregunta el viajero qué guarda el paisaje que lo duerme; se pregunta el paisaje qué intenta el viajero cada día a la misma hora.  

IV)

Hoy ha sido distinto. Frente a mí se ha sentado una pareja de ancianos: ella junto al cristal y él a su derecha, lindando con el pasillo. Mantuvieron una conversación calmada, llena de pausas y de comodidad. “La experiencia del tiempo compartido”, pensaba yo. Unas paradas más tarde, el hombre besó a su compañera en los labios con firmeza, se despidió cariñoso y bajó del autobús. Antes de arrancar, la mujer le despidió agitando la mano desde el asiento, al lado de la ventana, y continuó su viaje –sin saber que ahora los admiraba.

V)

Siempre me acompaña la sensación de ser un espectador de los sucesos que acontecen; he asistido incluso a mis sentimientos, mirándolos desde afuera con afán de comprender qué eran. Y, observando, termino por presenciarme a mí, más paciente que agente, frente a la realidad, aun en las ocasiones en que me exige participar. Ando y pienso que ando, hablo y pienso que hablo, escribo y pienso que escribo –nunca me abandono, fiel público de mi mismo. No es la realidad lugar para espectadores, se requieren intérpretes que encarnen la vida, la reproduzcan y la inventen; por ello soy una media tinta, integrante de todos y ninguno, actor sin posibilidad de rechazar su papel –aspirante, en el mejor de los casos, a soportarlo.

VI)

En la debilidad, de la que admito ser más presa que dueño, me acosan las cualidades del individuo moderno, especialmente las atribuidas a la juventud: la consecución de lo útil, el ánimo por viajar, la incesante necesidad de asociación y frenesí. No me hostigan tales atributos en sí mismos, por su sola existencia, sino debido al peso y a la violencia que cobran al atribuírmelas a mí, que no busco más que sosiego. Viajo para volver, a lo sumo por ir, nunca por llegar (¿no será viajar la manifestación exterior de una necesidad interna, propia de la naturaleza inquieta del pensamiento?); y una de las compañías que agradezco en mayor medida es la propia, la que defendía Catón cuando escribió: “Nunca se está menos solo que cuando se está consigo mismo”. La solitud, olvidada por definir una actitud en contra de los tiempos, se ha rendido al miedo a la soledad.

VII)

Si miro por la ventana de mi habitación atisbo desde lo alto una avenida, oscurecida por la hora y por los vestigios del invierno, que aún conservan deshojados muchos árboles. Todo guarda una calma estricta, salvo por algún coche rezagado que busca de madrugada un lugar donde aparcar. La incipiente primavera provoca que el ambiente se mantenga seco, despejado y tendente a temperaturas más templadas; sin embargo, mi calle se presenta especialmente acogedora hacia el final del año, cuando anochece brumosa y fría. Entonces, como ahora, resulta difícil encontrar movimiento en las aceras: su intimidad en diciembre parece invitar a los paseantes a guarnecerse y presenciarla desde un cuarto, en lo alto.

VIII)

Es San Fernando de Henares un municipio recogido y digno, al que sus ancianos impiden el tránsito de pueblo a periferia de la capital. En la mañana, los rayos del sol caen con la misma verticalidad que en cualquier otro lugar, acentuando sus amarillos, sus blancos y el sofoco de los jóvenes que salen de colegios e institutos. No es hasta la segunda hora de la tarde, con el retiro parcial de la luz y del calor, cuando reverberan los colores templados de las calles: el aire se dora, las sombras se alargan y el frescor se impone sin soberbia.

El primer equinoccio del año supone el prólogo de una ascensión que desemboca en las fiestas patronales, cuyo día grande es el 30 de mayo, en honor al patrón. Los vecinos se desperezan del invierno, el puesto de castañas asadas en la calle La Libertad cede el testigo a las terrazas de los bares cercanos y bajo los bancos aparecen regueros de cáscaras de pipa. La biblioteca, situada en el edificio antaño ocupado por el ayuntamiento, recibe a los estudiantes pesarosos y resignados ante el ambiente lúdico de los alrededores. “En la vida de pueblo todo es pequeño –y por esto fácilmente observable”. Leer a Josep Pla y El cuaderno gris es una caricia.

Quisiera vivir aquí siempre. 
  
IX)

San Fernando posee además tres cosas incomparables, no las hay en otro lugar: una es su pan, el que cada mañana saca del horno Cota, la panadería más antigua; la segunda es el Paseo de los Chopos, hibernado la mitad del año, colorido el resto; y la última es el aire de locura que envuelve sus domingos. Con ellos he de lidiar una vez por semana, a menos que haya días de fiesta, en cuyo caso son demasiados domingos.    

X)

No tengo un conocimiento fijado de nada, cualquiera podría hacer tambalear mi creencia más profunda. Si comienza una conversación en la que se discuten posturas opuestas, tengo más probabilidades de acabar dando la razón al bando opuesto que de permanecer en el propio. Ello se debe a que confiero a varios de mis allegados la oportunidad de medirnos en el terreno que mejor manejan, un fenómeno ajeno a mi voluntad que se ha acentuado en los últimos años. No importa de qué se trate, filosofía o política internacional, periodismo o literatura, mi interlocutor se marcha admirado y yo siendo su crédulo admirador. 

XI)

Consulto mi antiguo cuaderno de notas y leo: “De todos los misterios que rodean al amor, el mayor de todos es que la Providencia no sea capaz de asegurar que volvamos a amar, al menos, con la misma intensidad con la que amamos cuando amamos más intensamente”. Sería cierto de no ser porque antes debió producirse un fenómeno cuya opacidad para el entendimiento humano es sensiblemente mayor: el amar.

Querer y amar no debieran sentimientos consecutivos; amar no es querer intensamente, sino querer de forma incondicional. De ahí que el querer se nutra de numerosos gracias a y que el amar consista en un a pesar de, cuya manifestación definitiva es la ausencia del ser amado: amarlo a pesar de que no esté. Por eso amamos a nuestros padres aun si, de forma natural, sobrevivimos a ellos. Habrá quien objete que es imposible sentir así por un amor romántico porque padres, al fin, no hay más que dos.

La pregunta es, ¿y amores, cuántos hay?

XII)

Intento guiarme por un principio: “Practicar lo que en uno nace de forma natural”. Llegar a descubrirlo, reconocerlo y encararlo es tarea compleja; especialmente porque –pienso– la vocación requiere cierto grado de inconsciencia. En mi caso, un patrón constante ha sido tratar de conocerme, afán del que estas líneas son cómplices. Es un cometido cuyos intentos no implican el riesgo de salir derrotado: todo éxito y todo fracaso son un paso en la consagración a una tarea que nunca será colmada. Por ello alimento el hambre, no con el fin de saciarla sino de provocarla, para lograr que mi insatisfacción se convierta en guía.  
 
Ahora bien, “quien se conoce a sí mismo deja de tomar lo ajeno por propio: se ama y se cultiva antes que a cualquier otra cosa –rehúsa las ocupaciones superfluas y los pensamientos y propósitos inútiles”. Montaigne fue capaz de expresarlo mejor que nadie. Y de eso hace ya cuatrocientos años.

XIII)

Desprecio el presente, prefiero extrañarlo. Los recuerdos son valiosos, maleables, coloridos; el ahora es rígido, inmediato, impenetrable. Paso el tiempo imaginando conversaciones futuras y reconstruyendo conversaciones ya mantenidas, figurando tesituras, recreando lo que sucedió.

Soy un ser miedoso y nostálgico, ningún otro par de palabras me definiría mejor –si bien el miedo es un medio y la nostalgia es inherente. Si procedo así es con el fin de aplacar la incertidumbre; si soy así es porque en el ayer me deleito: el recuerdo, al contrario que la realidad, es un lugar sólo para espectadores.

XIV)

Existe un hemisferio segregado en el ser humano. Lo integran la letargia, la noche, la infancia y la vejez, el invierno, la feminidad, el inconsciente y los sentimientos ajenos a la felicidad impostada. Se niega incluso la contingencia, tal es el miedo a la incapacidad de control que poseemos sobre la vida.

Hay quien omite la tristeza sin detenerse a leer su mensaje, sin considerar que no existe un modo distinto de explorar profundidades. Si el miedo es pernicioso porque paraliza, ella es un freno que obliga a detenerse a quien la sufre y, en las dosis apropiadas, le invita a pensar en el camino que lo condujo hasta allí procurándole quietud –también sensación de derrota. La tristeza es un retrovisor que detiene el ritmo, vuelve la mirada hacia dentro y gusta de enviar al enfado como emisario para que avise de su inminente llegada.

Los hay que anclan el ánimo en la normalidad, que piensan en la tristeza como un desvío y la tratan igual que a un invitado desagradable al que despachar apenas haya venido. Ellos no me habrán entendido.

XV)
                     
Fue a mediodía, en la marquesina situada frente a mi portal. Una mujer esperaba paciente, le pregunté si el autobús se había marchado hacía rato y se inició una de esas conversaciones que empiezan comentando el retraso en el cumplimiento de los horarios. Decía tener 82 años –sin embargo, no era una anciana–, especulaba sobre la inexistencia de la crisis en base al número de coches aparcados en la calle y, sin darme cuenta, habíamos comenzado a hablar de sus nietas: “Les gusta la pizza, pero apenas comen una porción (nunca usó la palabra ‘porción’, sino que tendió la palma de su mano izquierda hacia arriba y hundió el canto de la derecha sobre ella) y dicen que están llenas, claro, chato, como ahora la juventud no quiere engordar…”. Se reía.

Señaló el zapato que calzaba su pie derecho, que había levantado del suelo para la ocasión, y afirmó que aquel par era el único que usaba porque le parecía el más cómodo para sus rodillas: “Pero mis nietas siempre están pensando en comprarse más ropa, y ya tienen mil pares de cada cosa, ¿a ti te parece?”.

“A ellas les consiento todo, soy su abuela, todo, menos que no sean felices; he pasado demasiadas calamidades para que no sean felices. No, no se lo permito”. Llegó mi autobús: “Pasa buen día, chato”. Seguía riéndose.
  
XVI)

En el orden intelectual bastan unos detalles para distinguir al voluntarioso y a la persona de talento. El primero muestra un aire cansado, de derrota, duda de sí y las ojeras son testigo de sus esfuerzos. El talentoso marca el ritmo, camina ligero y erguido, su mirada brilla y da fe del gozo adivinado por el camino por recorrer. Curiosamente, si sendas cualidades se unen en el mismo ser humano, la naturaleza le premia difuminando los signos decadentes del voluntarioso.

En el orden  de lo emocional –si se asumiera, erróneamente, que tales son los dos únicos–, es el racional quien no llega y se desorienta ante la descripción de un sentimiento, una realidad ocasionalmente ajena a su percepción. La intensidad lo desborda y asiste separado a la conversación, o quizás recurre a la ironía con el fin de conservar su integridad. El sensible, bien al contrario, habla ahora primero, sin pesarle nombrar a la nostalgia, el dolor, el amor. Entre los individuos de esta especie hay unión, unos se reconocen en otros y sin profundizar en exceso se anticipan a lo que aún no se han expresado; entre los racionales hay debates, dicen “pienso” en lugar de “siento” y llegan a resultarse fríos y distantes.

  Yo siempre he llegado tarde; tarde a la literatura, al pensamiento, a la música, al cine, a la consciencia de mi mismo… a todo, salvo a esta conclusión. Por eso tengo ojeras. Y no suelo debatir.
        
XVII)

Si abro un libro, tardo incontables páginas en seguir la historia que el autor narra. Pierdo el interés por los personajes, su peripecia y las relaciones que los conectan; entretanto, presto atención a las palabras, al estilo y al escritor que hay tras ellos. Soy, por ello, sensible a los aforismos, las reflexiones y los llamados al lector.

Confieso leer susurrando, en un leve hilo de voz. Si bien lo practico de forma eventual, en dichas ocasiones las palabras aminoran la velocidad y aumentan de peso, su rotundidad es mayor y pareciera que la narración es obra de uno mismo.

XVIII)

Sigo sentado junto a la misma ventana, auspiciado por el ámbar de las mismas farolas. Los árboles que no habían comenzado a florecer siguen sin mostrar una brizna de verdor; hoy, además, llueve, a pesar de que hace días entró la primavera. 

Con la luz apagada miro afuera, a mi Rúa dos Douradores, me detengo en un punto y el aire, de repente, me golpea el rostro durante un paseo por una playa del norte; un instante después, recibo el abrazo de un amigo con el que he compartido mesa y vaso; al final, me siento a leer al sol en un banco en la Plaza del Santo.


De noche suceden las cosas más importantes.


* El presente escrito fue elegido el ganador del 'XXX Certamen 
Literario Manuel Vázquez Montalbán', celebrado en abril de 2014 
en San Fernando de Henares, en la categoría de relato corto.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Elitismo o democracia


Allegados de Josep Pla (1987-1981) cuentan que, hacia el final del Franquismo, cuando se le preguntaba por un eventual advenimiento de la democracia, el escritor catalán reaccionaba soliviantado frente a lo que prácticamente consideraba una ofensa: “¿Qué se creen, el poder para el pueblo? ¡Sólo faltaba que el pueblo tuviera poder!”[1] El discurso del de Palafrugell entronca, doscientos años mediante, con el del primer gran teórico del elitismo: Edmund Burke (1729-1797). El pensador dublinés, dirigiéndose a los electores de Bristol en 1774, explicaba:

“Es su deber [el de los representantes] sacrificar su propio descanso, su bienestar y sus placeres a los de ellos [los representados]; y sobre todo, siempre y en toda ocasión, ha de anteponer los intereses de ellos a los suyos propios. Ahora bien, ni su criterio imparcial, ni su experimentado juicio y conciencia perspicaz debe sacrificarlos ante vosotros, ni ante persona ni grupo alguno. Estos atributos no dependen de vuestra satisfacción, ni de la ley ni de la constitución. Son una concesión de la Providencia, por cuyo abuso deberá rendir cumplida cuenta”[2].

Confirmaba poco menos que el voto había sido un requisito prescindible y, al apelar al “experimentado juicio y conciencia perspicaz” de los representantes, sentaba la base de lo que décadas más tarde sería dado a conocer como ‘las teorías elitistas de la democracia’. El catedrático de Filosofía de Derecho Ignacio Sánchez Cámara expone que las mismas “afirman la existencia de minorías especialmente aptas o cualificadas[3] para ejercer la representación, una aseveración que únicamente adolece de la apelación a Dios para pasar por obra de Burke.

Otro autor, heredero heterodoxo de Edmund Burke, fue James Madison (1751-1836). Hanna Pitkin, quien en su tesis doctoral estudió con hondura la representación bajo la supervisión de Sheldon Wolin y John Schaar (1928-2011), atribuía a los autores de El Federalista (entre ellos el que fuera el cuarto presidente en la historia de los Estados Unidos) la siguiente premisa: “Un gobierno representativo es un dispositivo que se adopta debido a la imposibilidad de reunir a grandes cantidades de gente en un solo lugar”[4]. Ello suponía una nueva piedra en el camino de la construcción teórica del elitismo.

A pesar de que Madison –a diferencia de Burke– no consideraba que el representante conociera los intereses del representado mejor que él mismo, sí planteaba que es capaz de conocer suficientemente bien los intereses de sus votantes como para perseguirlos[5]. Dicho en otros términos, los representantes, que deben existir dada la necesaria naturaleza del gobierno representativo, están dotados nuevamente de “experimentado juicio y conciencia perspicaz” para interpretar los verdaderos intereses (en terminología madisoniana) de los electores:

“Los representantes serán hombres superiores y desapasionados que deliberan sosegadamente a la luz de la razón, y rehusándose a dar pasos a los facciosos deseos de sus electores”[6].

Los postulados del conservador Burke y del federalista Madison no solamente demuestran que existieron autores previos a los conocidos como ‘elitistas clásicos’[7], los ‘elitistas democráticos’[8] y los críticos de la sociedad de masas[9]; sino que habrían de sentar la base de los planteamientos que desarrollarían todos ellos, a saber: la valoración positiva de las élites, la lucha por el poder detentado por una minoría, el papel negativo atribuido a las masas o la prevención contra los excesos de la democracia[10].

Sin embargo, no todas las voces trabajan en la misma dirección. Así, por ejemplo, un joven profesor universitario llamado Víctor Alonso Rocafort parte de la misma premisa que los pensadores elitistas –“Somos radicalmente distintos. Todos y todas”[11]– para plantear, no obstante, todo lo contrario: “En democracia corresponde a la ciudadanía discutir las leyes, deliberar conjuntamente sobre ellas y decidir”[12]. Donde aquéllos sugieren delegar en “los menos” (como diría Ignacio Sánchez Cámara) las cuestiones que atañen a la política, otros proponen profundizar en los mecanismos democráticos. Ambas corrientes de pensamiento, tanto la de los elitistas como la de Alonso Rocafort, forman parte de un enconado debate en torno al modo de establecer quiénes ostentan la facultad de dirigir el Gobierno de los ciudadanos: aquélla restringida y selecta, ésta plural y abierta.


Si entendemos la soberanía como el “poder final e ilimitado que rige, en consecuencia, la comunidad política[13], quizá se comprenda con mayor claridad que la discusión es una disputa en base a dónde ubicarla. Dadas las dos opciones, hay quien prioriza a “los mejores desde el punto de vista intelectual y moral, aquéllos en quienes el espíritu humano alcanza su plenitud[14]; y hay quien, por el contrario, es partidario de un planteamiento normativo de la democracia, tratando de justificar por qué un sistema político recibe tal nombre.

Ocurre, empero, que “la permanencia o conquista del poder político por parte de un grupo reducido que cuenta además con una posición social de privilegio por razones culturales, familiares y, sobre todo, económicas”[15] se define como ‘oligarquía’. Y se convendrá conmigo en que el régimen que actualmente ostenta España está más cercano del oligárquico que de la ilusoria “forma de gobierno donde la autoridad se ejerce por una mayoría de los miembros de una comunidad política”[16] denominada ‘democracia’.

Independientemente del nombre que reciba el sistema político, resulta macabro comprobar cómo el círculo se cierra a favor de los poderosos. En democracia la legitimación del poder procede del voto expresado a través del juego electoral en el que la voluntad popular escoge a sus representantes; sin embargo, ‘élite’ procede del término francés ‘élire’, cuya traducción en español es (sin casualidad) ‘elegir’, del que deriva ‘elección’. Parafraseando al presidente Bill Clinton, es la etimología, estúpidos.

Atrapados en una democracia elitizada que se justifica aupando a “los pocos”[17] (aunque existan ligeras dudas acerca de su “plenitud de espíritu”) en cada toque de corneta electoral, la alternativa es trabajar para que el poder de “los muchos”[18] no se convierta en oclocracia, esto es, la “forma de gobierno caracterizada por ser la masa, generalmente inculta la que ostenta y ejerce el poder político”[19]. Un régimen, por tanto, donde el pueblo, para disgusto del bueno de Josep Pla, ostentara una soberanía consciente y responsable.

Todo lo anterior podría complejizarse si se advierte que, según plantean autores de la talla de Hannah Arendt o Javier Roiz, somos “seres sin soberanía; incapaces de gobernarnos a nosotros mismos; en una palabra, personas sin el autogobierno de la conciencia”[20]. Pero ésta, la de la soberanía individual, es otra historia.  



[1] Imprescindibles – Josep Pla; Radio Televisión Española; 22 de abril de 2011; min: 50:43-50:47. En línea: http://www.rtve.es/alacarta/videos/imprescindibles/imprescindibles-josep-pla/1081189/ (Última visita 16 de noviembre de 2013).
[2] BURKE, Edmund: Revolución y descontento. Selección de escritos políticos; CEPC; Madrid; 2008; p. 90. En línea: http://constitucionweb.blogspot.com.es/2010/12/discurso-los-electores-de-bristol.html (Última visita 16 de noviembre de 2013).
[3] SÁNCHEZ CÁMARA, Ignacio: “Minorías selectas, liberalismo y democracia”. En línea: http://www.cuentayrazon.org/revista/pdf/026/Num026_005.pdf (Última visita 16 de noviembre de 2013).
[4] PITKIN, Hanna: El concepto de representación; CEPC; Madrid; 1985; p. 212.
[5] Ibídem; pp. 218-219.
[6] Ibídem; pp. 214-215.
[7] Vilfredo Pareto (1848-1923), Gaetano Mosca (1858-1941) y Robert Michels (1876-1936).
[8] Joseph Schumpeter (1883-1950), Giovanni Sartori, Max Weber (1864-1920), John Plamenatz (1912-1975) y William Kornhauser (1915-2001).
[9] David Riesman (1909-2002), José Ortega y Gasset (1883-1955), Max Scheler (1874-1928) y Karl Mannheim (1893-1947).
[10] La ‘tiranía de la mayoría’ que tanto temía James Madison, por ejemplo.
[11] ALONSO ROCAFORT, Víctor: “Disciplina, democracia y partidos”; Eldiario.es; 15 de noviembre de 2013. En línea http://www.eldiario.es/zonacritica/Disciplina-democracia-partidos_6_195690440.html (Última visita 16 de noviembre de 2013).
[12] ALONSO ROCAFORT, Víctor: “Expertos, objetividad y odio a la democracia”; Eldiario.es; 9 de junio de 2013. En línea: http://www.eldiario.es/zonacritica/Expertos-objetividad-odio-democracia_6_139346083.html (Última visita 16 de noviembre de 2013).
[13] MOLINA, Ignacio: Conceptos fundamentales de Ciencia política; Alianza Editorial; Madrid; 1998; p. 118.
[14] SÁNCHEZ CÁMARA, Ignacio: “Minorías selectas, liberalismo y…” Op. Cit; p. 3.
[15] MOLINA, Ignacio: Conceptos fundamentales… Op. Cit; p. 84.
[16] Ibídem; p. 34.
[17] SÁNCHEZ CÁMARA, Ignacio: “Minorías selectas, liberalismo y…” Op. Cit; p. 1.
[18] Ibídem.
[19] MOLINA, Ignacio: Conceptos fundamentales… Op. Cit; p. 84.
[20] ROIZ, Javier: El mundo interno y la política; Plaza y Valdés; 2013; p. 284.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Adèle



Adèleduerme despreocupada por la muerte, como sólo pueden hacerlo los animales. Únicamente tiene quince años –los adolescentes gozan del halo de inmortalidad que confiere saber que el deceso, en principio, aguarda lejos todavía. Sus ojos se entornan durante la vigilia en la misma proporción que se entreabren sus labios cuando ha conciliado el sueño: la mirada parece cansada, pero en realidad se está abriendo al mundo; una ambigüedad semejante a la de los bostezos, que no se sabe si evidencian agotamiento o despereza.

Todo lo contrario le ocurre a Emma, cuyas ojeras, aun incipientes, reflejan el sufrido camino de descubrimiento y autoaceptación que Adèle apenas comienza a intuir. El poso de veteranía que otorgan las relaciones no siempre equivale a experiencia amorosa; el complejo táctico y repetitivo que impone una relación en ocasiones constriñe el amor –al tiempo que, paradojas de las realidades paradójicas que son los sentimientos, le permite florecer, cuestión más profunda y compleja, cuyo fin es ser experimentado en sí mismo de forma libre.

Emma es diestra en el noviazgo y quizá en el amor; Adèle, primeriza. Sin embargo, ambas llegan a la otra con la inocencia del terreno por sembrar y aparece lo que Thomas Mann describiera alguna vez: “Fue amor a primera vista, amor eterno, un sentimiento desconocido, inesperado.” Fértiles como son, diría  André Gide, persiguen “a través del placer algo más allá del placer” y construyen una relación tradicional de viernes por la mañana, sábados por la noche y domingos por la tarde.

Los años vuelan, y Emma, que prioriza la relación a los sentimientos, dedica a su carrera de pintora las mayores preocupaciones. Adèle, al contrario, vive del amor y, a pesar de que el suyo por Emma es sólido, acusa ahora una falta de atención que compensa en brazos ajenos. Quien vive pendiente del medio corre el riesgo de olvidar el fin, y quien atiende al fin se encuentra en peligro de confundir el medio.

La tragedia de una ruptura es que no siempre trae consigo la desaparición del amor. Es aquí, en el ocaso, cuando reverbera el espíritu de los sentimientos que habita en cada una y que nunca antes podrían haberse expresado. Emma cierra la relación y obliga a sus sentimientos por Adèle a transformarse, no se diluyen: “Siento por ti un cariño infinito”, le explica. Adéle, por su parte, ama a Emma transcendiendo los límites de tiempo y espacio que impone la relación. Siente por ella lo que se siente hacia los padres: un amor que sobrevive a la muerte de éstos, se los quiere aunque ya no estén. Una quiso, la otra amó; Emma despidió a una pareja, Adéle a lo imperecedero.

Habrá quien objete: “Sentir de ese modo es imposible, padres no hay más que dos”. La pregunta es, ¿y amores, cuántos hay?


*La vie d'Adèle, dirigida por Abdellatif Kechiche, fue 
estrenada en España el pasado 25 de octubre después de 
ganar la Palma de Oro en el último Festival de Cannes.

martes, 16 de julio de 2013

Con permiso de Unamuno y Jaspers


Hace tanta soledad que las palabras se suicidan
Alejandra Pizarnik

            Escribía Miguel de Unamuno: "Si la conciencia no es nada más que un relámpago entre dos eternidades de tinieblas, entonces no hay nada más execrable que la existencia". No fuimos antes de nacer y no volveremos a ser después de muertos. “Eso es lo racional”, añadiría el filósofo bilbaíno; sin embargo, lo racional ha provocado miedo, tanto como la expectativa del vacío es capaz de aterrar a un ser humano consciente de su finitud.

Porque tanto la desazón ante la irreversibilidad de la muerte, como el gozo de la existencia desde la certeza de su absurdo, se asimila en vida. Hermann Hesse reflexionaba: “La vida no tiene sentido, es cruel necia y a pesar de todo maravillosa (…) Tenemos que aceptar la crueldad de la vida y la necesidad de la muerte, no con lamentos, sino saboreando esta desesperación”. Sin embargo, multitudes han sucumbido al hechizo contrario y no han logrado soportarla. Para el cineasta alemán, Volker Schlöndorff, la vida se compone de tres tiempos: el presente del pasado, el presente del presente y el presente del futuro; el recuerdo, la observación y la espera. En ocasiones falla uno y en ocasiones varios, cuando no todos.

Hay quien sufre complejo, en plural o en singular. Quien se abandona a la soledad a pesar de que, como recita Alejandra Pizarnik, “de allí no se vuelve”. Quien, como Diane Arbus, se vence por la angustia. También hay quien sucumbe al paso de los años, y con ellos, advierte Léo Ferré, “no se ama más”. Quien se ha alejado lo suficiente de los hombres, como Nietzsche al abrazar a su caballo; o quien ya no alberga esperanzas, como Béla Tarr: “Todo se ha venido abajo y todo se ha envilecido”.

Titulo Con permiso de Unamuno y Jaspers porque habría sido sencillo hacerlo Del sentimiento trágico de la vida, frase que inexplicablemente rondaba mi mente pero que ya da nombre a la gran obra filosófica del autor de 'Niebla'. De la misma manera que no hubiera sido difícil encabezar este escrito con un categórico Lo trágico, pero entonces pervertiría la obra del pensador alemán Karl Jaspers. Y mis pretensiones no llegan hoy tan lejos.

Ahora sólo he querido dar cuenta de un sentimiento compartido por los artistas que me rodean en los últimos tiempos. Todos, desde su rincón particular, han mostrado sensibilidad en torno a este concepto teatral más antiguo que Platón, la tragedia, y lo desafortunado que puede resultar el peso de la existencia. “La vida está llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza y, sin embargo, se acaba demasiado deprisa”, se lamenta Woody Allen. “Quizá no amemos lo suficiente la vida”, responde Albert Camus. Quizá.

Violeta Parra compuso ‘Gracias a la vida’, considerada la mejor canción en español del siglo XX, un año antes de disparar contra sí misma. La exitosa dramaturga Sarah Kane ajustó más su despedida, ya que ‘Psicosis: 448’ fue publicada días antes de ahorcarse con los cordones de los zapatos. Previamente había intentado matarse ingiriendo dos centenares de pastillas, pero fue socorrida a tiempo. 

No fue un adiós sino un comienzo el camino que inició el cineasta Juan Luis Torres Leiva en 2002 con 'Confesiones de un caballo suicida', su ópera prima. En ella, un corto de 12 minutos, el director chileno, a la espera de conocer si será también un artista trágico, recopiló las reflexiones de algunas de las personas citadas aquí. Con él, que contribuyó a abrirme las puertas del resto, me despido: